UNA DURA EXPEDICION HACIA LAS MISTERIOSAS PIRAMIDES DE PARATOARI

Textos y Fotos: Marco Antonioli

Muchas veces elegimos viajar por destinos ya transitados, lugares famosos o ciudades importantes. Cuando nos propusieron hacer la expedición atravesando la selva alta de Madre de Dios, hacia las Pirámides de Paratoari, sabíamos que no era un viaje convencional, sabíamos que no era necesariamente importante ser fuerte, sino sentirse fuerte, para medirnos a nosotros mismos, para encontrarnos con las condiciones más primitivas y enfrentar la ceguera y la sordera a solas, sin ayuda, salvo las manos y nuestra propia cabeza.

DIA 1: LA INTERMINABLE PARTIDA

El equipo lo conformábamos 10 guerreros que aún no sabían que lo eran, un guía experto que conocía más la naturaleza que la palma de su mano y 7 locales incansables que nos apoyaron en todo momento.

Vista del Apu Ausangate Camino a la Reserva Nacional del Manu

El día anterior partimos del Cusco, cruzamos la cordillera hacia el oriente donde, a lo lejos divisamos al sagrado Apu Ausangate. Paramos y le hicimos una reverencia pidiéndole su bendición para el viaje. Luego nos detuvimos en el hermoso y colorido pueblo de Paucartambo, unas horas después paramos en Pilcopata donde compraríamos las botas de jebe y machetes, indispensables para poder sortear las exigencias del viaje; más adelante visitamos los petroglifos de Hignkiori que exhibe una gran roca, como si hubiese caído del cielo, que escapa a nuestra compresión. La roca está grabada con símbolos trascendentales como el infinito y el espiral y que fue utilizada por los antiguos clanes como oráculo para saber el desenlace de futuras batallas contra otras tribus.

Petroglifos de Hignkiori

Al llegar a Salvación ajustamos los despertadores a las 4:30 am para aprovechar al máximo el día. Nos levantamos soñolientos pero emocionados; en una hora, supuestamente, saldríamos en carro para tomar el bote que nos dejaría al pie del río donde iniciaríamos la travesía. Lo único que pudimos cumplir, de todo lo anterior, fue levantarse temprano. Cayó tanta agua durante la noche que el bus programado para recogernos no llego, no pudo pasar debido a que los ríos habían aumentado su caudal.

Pasaba el tiempo y la emoción se convertía en desaliento, las piernas no paraban de moverse y la ansiedad nos comenzó a pasar factura. Luego de 6 horas de espera subimos al bus. El chofer, antes de partir, arreglo un desperfecto mecánico al estilo Mc Giver, solo con un cuchillo y una soga, para después arrancar el bus, con el viejo truco (que nadie sabe) de juntar 2 cables pelados.

A medio día llagamos a José Olaya y nos embarcamos para cruzar el Río Alto Madre de Dios.

Cuando el reloj marcaba las 2 de la tarde nos encontrábamos en el punto de partida de la expedición. Estábamos al otro lado del río y acordamos, con los tripulantes, que nos recogerían en 5 días. Nos dimos media vuelta, y nos adentrarnos en la selva, con la emoción nuevamente al tope, y con una sonrisa de oreja a oreja.

Fotografía del grupo antes de partir la caminata, aún no sabíamos lo que nos esperaba

La emoción y la sonrisa duraron muy pocos minutos. La selva nos recibió con una cuesta muy inclinada, de unos 4 metros de alto, rebosante de lodo y fango resbaloso, adornada con arboles repletos de hormigas y espinas, de los que te tenias que agarrar cuando resbalabas y que te llevaría a intentarlo otra vez. La selva tardó solo 10 minutos en darnos una lección, lección valiosa que nos serviría para tomar precauciones durante los siguientes días!! Mientras luchábamos con el lodo era sorprendente ver a nuestros amigos locales flotar como elfos sobre el barro, no dudo que los hicimos reír un buen rato.

Atravesamos por un largo tiempo entre la vegetación hasta llegar al techo de arboles que no nos dejaban ver la luz. continuamos el camino por río Teparo Chico el cual seguiríamos río arriba hasta que caiga la noche, había que recuperar el tiempo perdido. A las 5:30 pm, con el sol despidiéndose de nosotros, encontramos un claro donde armaríamos el primer campamento.

Llegamos empapados por caminar por el río. Sin pedir permiso la lluvia regresó, justo cuando menos la necesitábamos, como si fuera un castigo divino.

Terminamos de armar el campamento casi de noche, la luz de las linternas de cabeza atraían cientos de insectos imaginables, como si fuesen misiles a la cara. Las hormigas, del tamaño de un clip nos acechaban cayendo de los árboles y subiendo por las botas. Al clavar la última estaca no dudo que todos los expedicionarios nos tomamos unos minutos de reflexión y nos hicimos internamente la pregunta ¿Qué carajo hacemos acá?

Hormiga Gigante en nuestro primer campamento

Después de esos valiosos minutos de meditación nos pusimos ropa seca y tomamos una reponedora sopa caliente. Nos reunimos a hacer catarsis, contando nuestras experiencias en este primer día. Nos reímos, nos quejamos, nos burlamos, nos picaron los bichos y desfogamos; sentimos que era importante hacerlo.

Hicimos un ritual que se volvió costumbre cada noche de la expedición, nos servía para despejar la mente, motivarnos y prepararnos para el próximo día de viaje. Bautizamos a este punto de encuentro y a sus peculiares integrantes como “La Comunidad del Mapacho”.

DIA 2: ABRIENDO CAMINO

La primera noche fue dura, se mojaron, en la travesía algunos matts y sleepings bags, a pesar de estar en la selva el frio puede calar duro. La lluvia y el ruido de los animales, pareciera que fuesen a caer encima, además la irregularidad del piso nos hacía parecer un sonámbulo contorsionista.

La mayoría se levanto antes del amanecer ,pues nos habíamos acostado antes de las 10 pm. Teníamos que salir temprano, con las mismos desarmamos el campamento, desayunamos, armamos equipos y partimos. Ilusos todos, colgamos, en la noche, la ropa para que se seque, pero esta amaneció más mojada que cuando la tendimos, no quedó otra que ponérnosla de nuevo; estaba fría, pesada, se convirtió en una lija que empezaba, de manera silenciosa, a rasparnos la piel en los lugares más recónditos.

El inicio de la caminata estuvo bien, el entusiasmo estaba a mil. Ese día anduvimos, gran parte del tiempo, inmersos en la vegetación. A las 11:30 am tuvimos que parar, no encontrábamos el camino y esperamos a que a los guías lo hagan por nosotros. En estas condiciones es imposible guiarte del sol, aunque los locales lo hacían, incluso se guiaban por el tipo de vegetación que encontraban en el ruta. Aprovechamos para almorzar unos frejoles con arroz “al tiempo” y, luego de 2 horas, pusimos las piernas de nuevo a andar. Justo, en ese momento, la lluvia empezó a caer y no “cerró el caño” hasta el día siguiente.

Grupo cruzando la densa selva

Las rodillas, entre tantas subidas, bajadas y caídas, ya empezaban a quejarse. La espalda, con el peso de las mochilas mojadas, pedía descanso. Las espinas ya eran extensiones de nuestro cuerpo y las picaduras de los bichos empezaban a darnos forma juvenil, como si tuviéramos la cara de un adolescente con acné.

Cuando salimos de la densidad de la selva, alrededor de las 4:00 pm, la gente se derrumbo en el río como aquel atleta que acaba de correr 42 kilómetros. Fue un momento de júbilo, el agua del río parecía una ducha de agua caliente e incluso le agradecimos a los peces, que en la parte honda del río, te mordian como si te hicieran un masaje relajante. Nos tomamos un tiempo para estirarnos para luego continuar; ya faltaba poco para llegar al segundo campamento. En la última media hora de caminata la naturaleza nos sorprendió con el elegante vuelo del cóndor real. Fue el primer animal que veíamos, sin contar a los insectos mordedores y chupa sangre.

En parte de la ruta nos teníamos que apoyar con sogas

Andábamos con un día de retraso, el segundo campamento de nuestra programación inicial era nuestro primer campamento. Andábamos con un día en contra, pero no era momento para pensar en eso, nos enfocamos en armar el campamento, reponer energías y descansar.

Un merecido descanso en la ruta

Al igual que la noche anterior, bajo la intensa lluvia, nos paramos, alrededor de la cocina, para tomar una sopa reponedora, comer un contundente arroz con leche y hablar miles de idioteces para reírnos a carcajada, relajarnos y, mas tarde, poder conciliar el sueño.

Volvimos a colgar la ropa con la esperanza de que dejara de llover (lo cual no paso). Ese día solo habíamos avanzamos 2.4 km que nos tomaron 8 largas horas.

DIA 3: SIMBIOSIS CON LA NATURALEZA

Luego de 2 días en la selva uno empieza a aprender, después de pasar una pésima primera noche los guías colocaron hojas de palma debajo de la carpa. Ese detalle hizo una gran diferencia, sirvió para asilarnos del suelo y poder dormir mucho mejor.

Campamento en nuestro segundo día

Abrimos el ojo antes de que salga el sol, salimos de la carpa para hacer lo mismo que el día anterior, desarmar todo lo antes posible, desayunar, ponernos la ropa mojada y prepáranos para partir.

Antes de iniciar la caminata fuimos a la orilla del río para asearnos un poco y nos sorprendió una huella fresca, bastante grande, de un animal que había estaba merodeando en la madrugada; se trataba de un tapir, también conocido como sachavaca, que estuvo paseando entre nosotros.

Huella de Tapir o Sachavaca

El cuarto día tenía una dificultad adicional, debíamos unir el río Teparo Chico con el río Inchipato, cruzando una serie de montañas y quebradas pequeñas. Una vez en el río Inchipato había que seguir su cauce, el cual nos llevaría, al día siguiente, directo a las Pirámides de Paratoari.

Mientras mas nos alejábamos de la civilización más animales nos encontrábamos. Los Martin Pescador pasaban volando en dirección a las pirámides y ya divisábamos, a lo lejos algunos loros y guacamayos.

Descanso en la rivera del río

Cada uno cargaba su almuerzo, a mediodía buscamos un claro para comer. A partir de este día, los frejoles, las lentejas y las arvejas tenían un sabor especial. Ya no las veíamos tan poco apetecibles; les agarramos el gusto, las saboreábamos, y sentíamos que estábamos comiendo una exquisitez preparada por el mismísimo Gastón Acurio.

Llegamos a el río Inchipato alrededor de las 3pm, era menos caudaloso que el anterior pero más empedrado, lo que dificultaba caminar sobre su cauce. A esa altura ya nos sentíamos inmunes, tomábamos agua directamente del río. Los zancudos se posaban en la cara y no era necesario espantarlos, ya eran parte de nosotros.

Caminando por el cause del río

Llegamos a nuestro 3er campamento a las 4 pm; nos apuramos para terminar de armar todo antes de que caiga la noche. Tuvimos tiempo para revisar nuestras heridas, cortar palmas para dormir mas cómodos y sentarnos a descansar a la orilla del rio. Una vez mas la lluvia nos apuro. Las carpas se mojaron por dentro, no quedó otra que secarlas con las medias y polos escurridos que llevábamos puestos. Colgamos nuestra ropa a la intemperie, rogándole al cielo que nos deje en paz, pero, una vez mas, nuestras plegarias no fueron escuchadas.

Nos acostamos temprano, motivados pues al día siguiente estaríamos, al fin, sobre las pirámides.

Caminamos cinco kilómetros y medio. Puede sonar a poco pero nos tomaron 8 interminables horas.

DIA 4: EN LA CIMA DEL MUNDO

Nos levantamos optimistas, llenos de fuerza y con todas las ganas de llegar a nuestro objetivo. Por primera vez no había que desarmar el campamento, pues regresaríamos ahí; por primera vez no teníamos que cargar nuestras pesadas mochilas; por primera vez sentíamos que íbamos a cumplir el reto que nos habíamos trazado.

Campamento base antes de subir hacia las pirámides de Paratoari

Como ya era habitual, nos pusimos la ropa mojada. A las 8 am estábamos caminando, una vez mas, acompañados de la lluvia. El camino era fácil, no había que sortear ni piedras, ni arboles, ni la profundidad del río; Lo mas pesado era sacarnos el agua de las botas cada vez que se llenaban.

Por partes del camino se podía ver la punta de la pirámide, desde el río se veían bastante altas y llenas de vegetación. Definitivamente no iba a ser fácil, aparentemente la subida era larga e inclinada y nos iba exigir un esfuerzo adicional.

Camino a las Pirámides de Paratoari

A mediodía llegamos a la base, con los machetes afilados, para empezar el ascenso. Mientras subíamos los arboles se iban juntando, formando una barrera que nos dificultaba el paso. La vegetación iba cambiando de arboles grandes a una vegetación baja, la que se alimentaba de la humedad atrapada por la pirámide y formando un musgo resbaloso, con raíces dispuestas a enredarte como si fuesen grandes telarañas. La inclinación cada vez se hacía más pronunciada lo que nos obligó a usar, las raíces de los arboles que cortábamos, como escaleras para poder seguir subiendo.

Grupo andando sobre el río Inchipato

Faltando 20 metros para coronar la pirámide, salimos a un claro formado por una pared de piedra y arenilla donde los arboles no podían crecer. Mientras avanzábamos se desprendían pedazos de arena compactada. Comenzaron a salir los miedos a flote y nos paralizaban el cuerpo, una caída podía ser el fin de la expedición. Pero nada nos detuvo, a las 2 pm llegamos a la cima de la pirámide y nos sentimos reyes del universo. Estábamos cansados y extasiados frente a la impresiónate vista que nos permitía ver las otras pirámides a nuestro alrededor. Fueron 10 minutos de conexión con nosotros, con la naturaleza, con los misterios de la pirámide. La madre tierra nos regaló solo ese pedacito de tiempo, solo ese instante, para llevarlo en el corazón para siempre. La intensa lluvia nos sacó del lugar “a patadas” diciéndonos: “ustedes no pertenecen aquí”. La bajada, con el agua cayendo por la piedra resbalosa, y el intenso fango convirtieron esta parte del trayecto en una verdadera y temeraria hazaña.

Subiendo las empinadas Pirámides de Paratoari

Nos tomó 6 horas subir y solo nos quedaban 4 horas de luz para bajar al campamento, nos tocaba hacer un esfuerzo adicional. Los guías se adelantaban con mucha facilidad y aprovecharon para pescar a lo largo del río. Logramos llegar antes de la caída del sol y al fin, luego de 4 noches de sopa, saboreamos la pesca del día, proteínas a la vena, necesarias para emprender el camino de regreso.

Los efectos de estar mojados todo el tiempo se empezaron a hacer más notorios este día, la irritación de la piel empezaba complicarse y asomaban “partes” en carne viva. Aún quedaban 2 días de camino a la civilización y andábamos muy cansados, todos, sin excepción, éramos una bomba de tiempo que podía explotar en cualquier momento.

Vista de una de las 12 pirámides tapadas por la vegetación

Fueron cerca de 6 km y más de 8 horas de caminata que, acumulado con los demás días, hicieron que nuestros cuerpos casi colapsen, la mente era nuestra única arma para poder esquivar los embates del extremo agotamiento físico.

DIA 5: EL PODER DE LA MENTE SOBRE EL CUERPO

La noche anterior habíamos caído rendidos a las 7 pm, sin aliento llegamos arrastrándonos a las carpas para poder reponer las energías gastadas. Nos levantamos temprano como siempre, más magullados, más cansados, algo más silenciosos y con la mente torturándonos porque había que regresar por el mismo camino.

El día 6 debíamos llegar al punto de extracción, donde empezó todo, pero sabíamos que eso no ocurriría, nuestra mente desvariaba e imaginaba un helicóptero sacándonos de ahí. Teníamos un día de retraso y la preocupación de cómo íbamos a hacer para salir nos tomó de sorpresa. No había mucho tiempo para pensar, teníamos que obligar a nuestro cerebro a ser positivos, a deshacerse del dolor y las espinas, olvidándonos del sin fin de bichos que nos alborotaban y solo enfocarnos en seguir adelante.

Caras reflejando lo duro de la ruta

A las 8:00 am, luego de desarmar el campamento y ponernos nuevamente la ropa mojada, comenzamos el retorno. El silencio fue el gran protagonista este día, no se escuchaban murmullos, ni risas, ni historias; todos avanzábamos como zombis, concentrados en poner un pie delante del otro. De tanto en tanto se escuchaba cuando alguien resbalaba, acción seguida de insultos y maldiciones a la selva por haberlo hecho caer una vez mas.

Unos de los pocos momentos en el que hubo reacción grupal fue cuando uno de nosotros sintió un extraño movimiento mientras caminaba sobre el río. No sabíamos que era, pero algo era. Buscamos alrededor y fue ahí, cuando vimos una tímida serpiente de coral pasar entre las piernas del grupo. Nadaba río arriba y gracias a dios nadie la piso.

Serpiente Coral en el borde del río

A la 1 pm habíamos llegado al segundo campamento. Nos sentamos a almorzar mudos y exhaustos; parecíamos estatuas de cera, el cuerpo nos decía “ya no más, arma el campamento, échate a dormir y manda todo a la mierda”, pero la mente quería salir de ahí, sabía que ya no habían provisiones para un día más, hacía que nos saquemos las botas y escurramos las medias para sentirnos algo más livianos. Era una batalla interna constante que remecía cada célula de nuestro cuerpo.

Este fue el momento mas importante del equipo. El “Si se puede… Vamos que la hacemos” hacían retumbar nuestros esqueletos y nos alentaba a seguir caminando; nuestra meta era llegar al primer campamento; no nos quedaba más que seguir andando.

En parte del trayecto algunos tenían, en todos los dedos del pie, heridas sangrantes en carne viva producto del roce el agua y la tierra que se acumulaba dentro de las botas. Algunos se pusieron short, sin importarles las picaduras de los insectos, porque no soportaban mas el roce de la entrepierna con las heridas.

Este día recorrimos 8 kilómetros en 9 horas. Llegamos a las 5 pm a nuestro objetivo, destruidos pero contentos por la hazaña lograda.

Campamento del último día

Descubrimos de lo que es capaz el poder de la mente; es capaz de hacernos insensible al dolor, capaz de levantarnos tras cada caída, capaz de ayudar al resto aunque tú con las justas puedas contigo, capaz de hacer todo aquello que puedas imaginar y lo no imaginado también.

A pesar del esfuerzo y el cansancio acumulado, ese día compartimos hasta tarde nuestras aventuras en la “Comunidad del Mapacho. Nos reímos a carcajadas sin que nos incomodara la lluvia, que todo el camino fue cruel con nosotros, e ignoramos nuestros músculos, que ya no nos permitian estar parados un minuto más.

Sabíamos que nuestro último día sería corto y fácil, así que nos fuimos a dormir tranquilos, sabiendo que lo más dura ya había pasado y que nos esperaba la ansiada civilización; siempre y cuando la persona que nos iba a recoger cumpla con nosotros.

DIA 6: LA EXTRACCIÓN

Al fin, al despertarnos, sentimos que ya estábamos fuera de la selva. Volvieron los chistes y las conversaciones; tomamos un escaso desayuno, como para engañar al estómago, una vez mas nos calzamos la ropa mojada, desarmamos nuestro último campamento y partimos.

Nos tomo tres horas llegar al punto donde se inició todo. Metidos en el agua, como si no nos hubiéramos mojado en 7 días, nos agrupamos y tomamos la foto ley; victoriosos, como si hubiéramos ganado una medalla de oro olímpica venciendo al mismísimo Usain Bolt. Después de una dura semana el sol brillaba nuevamente en nuestras caras. Lo habíamos logrado y estábamos muy orgullosos de ello.

El grupo feliz luego de completar la dura ruta hacia las Pirámides de Paratoari

Pero la historia aún no terminaba, como lo sospechamos no había bote para que nos lleve hasta un islote en medio del río. Nos quedaba sacar fuerzas de flaqueza y llegar hasta esta isla para que algún bote nos saque de ahí. Y así fue que nos echamos otra vez a andar. Caminamos una hora más y, al llegar a la orilla de la isla, como si fuese un milagro divino, apareció la misma persona que nos llevo en la ida. Solo quedó sentarse en el bote, en un asiento que ya no era una piedra o un árbol caído, y disfrutar del paisaje que nos regaló el río Alto Madre de Dios.

En la comunidad de José Olaya nos recibieron con una jugosa papaya recién cortadita del árbol, todo un manjar. Aprovechando el sol, tiramos la ropa a secar, aunque teníamos claro que los olores no se iban a ir.

La mayoría regalo sus botas, machetes, matts, sleeping y ropa a la gente de la comunidad. No sé si fue por trauma, por no querer cargarlas más o porque nos dimos cuenta que para las personas de la comunidad le iban a ser de mayor utilidad.

Disfrutando de la civilización

Almorzamos y luego nos fuimos en bus a Shintuya, donde conoceríamos a la etnia Harakmbut, conocidos por ser grandes y legendarios guerreros. Ellos recién conocieron la civilización hace 60 años y mantienen varias de sus tradiciones culturales y rituales ancestrales. Si alguna vez llegas a esta comunidad no dejes de escuchar sus historias, podrías pasar una noche oyéndolas embelesado y sin pestañar.

Niño del a etnia Harakmbut

El día aún no había acabado, de Shintuya nos fuimos en bote a un albergue ubicado al otro lado del río. Este lugar es conocido por tener una cascada de donde puedes saltar a una mini laguna y por sus aguas termales que, esta vez, fueron la cereza del pastel. A pesar de haber estado completamente mojados durante 7 días, chapoteamos durante horas en sus relajantes y cálidas aguas y, además vimos, por primera vez en nuestro viaje, el cielo estrellado que se mezclaba, en una danza, con la copa de los árboles.

Disfrutando de la naturaleza

Cada sacrificio tiene una recompensa; cada vez que pones todo de ti el universo te premia por el esfuerzo realizado, porque basta solo con creer que se puede para hacerlo realidad, simplemente porque te lo mereces.

Gracias a cada una de las personas que conformaron este viaje. Chiri, por elegirnos y organizar exitosamente esta difícil expedición y a todos los mapachos. Samuel por tu eterno espíritu alegre. Karina, por tu voluntad de hierro. María Luisa por tu sabiduría y determinación. Zeljko porque no conoces la palabra rendirse. Paty, porque nos enseñaste a ganarle a nuestros mayores temores. Paola, por tu fortaleza. Camilo, porque estés donde estés tu ánimo es inquebrantable. Diego, porque eres auténtico y sin máscaras. Darwin, por tu enorme paciencia y tus ganas de enseñarnos todo lo que sabes. Chino, por tu infinita sonrisa. Javier, por alimentarnos con tu magia en la cocina

“La Comunidad del Mapacho”

Sin duda alguna, el haberlos conocido fue la mayor recompensa de este viaje.

Gracias One Earth por hacerlo posible!!!

Sobre las Pirámides de Paratoari 

Las Pirámides de Paratoari, son un conjunto de 12 montículos simétricos de aproximadamente 150 metros de altura, situadas en el margen izquierdo del Río Madre de Dios.
En 1976  la NASA mostró una fotografía con algo muy extraño en medio de la densa selva en el sureste del Perú: Pirámides uniformemente espaciadas como objetos alineados en filas aparentemente ordenadas.

Vista satelital de las Pirámides de Paratoari

El primer hombre no indígena que se acercó a las pirámides fue el  japonés Sekino, pero no pudo llegar . En agosto 1996 el explorador estadounidense Gregory Deyermenjian fue el primer occidental en llegar
Si miramos las cosas desde un lado histórico, muchos investigadores afirman que Madre de Dios fue el lugar donde los incas se refugiaron huyendo de los  conquistadores españoles.

Es posible que los Incas crearan monumentos y/o estructuras en este lugar, pero hasta ahora estas espectaculares pirámides sigue siendo parte de muchos de los secretos históricos ocultos enterrados bajo desiertos, selvas y mares de todo el planeta.

Mapa de la ruta y la ubicación de las Pirámides de Paratoari

 

By | 2017-07-25T15:02:09+00:00 julio 23rd, 2017|0 Comments
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